Llegar al verdadero sentido de Navidad es como subir a la montaña para esquiar y practicar el slalom o zigzaguear para evitar varios obstáculos en el camino. Navidad está llena de tantas cosas que para llegar a la cueva de Belén es evitar el consumismo que ofrece como obstaculo la vida de hoy.

Dios quiso hablar a través de sus profetas a lo largo de los tiempos. Pero en el momento oportuno quiso ser parte también de nuestra historia. Algunas veces nos pasa que un amigo nos quiere visitar pero no conoce bien nuestra casa. Lo que hace uno es decirle de pararse y esperar a un cierto punto para ir a su encuentro. Eso lo que hace Jesús en la historia. Nos dijo de hacer una pausa en nuestra vida y vino a nuestro encuentro para enseñarnos el camino a su casa. Esta es Navidad.

Dios interviene en nuestra historia y deja su huella, su “ADN divino” en la humanidad. Llegamos a ser hijos de él, por eso somos a su imagen y semejanza. Llevamos este ADN en nuestro ser y por eso somos todos hermanos. Decían los santos padres (San Atanasio) que Dios se hizo hombre para hacer al hombre dios. Pero hoy más que nunca Dios se hace hombre para que aprendamos de nuevo como vivir como humanos. Hemos perdido el sentido de la humanidad. Necesitamos del niño Dios para aprender de nuevo vivir como humanos.

Dios se hace hombre para que nosotros amaramos más el mundo, su naturaleza y a los seres humanos, porque lo que Dios ha hecho es todo bueno. La salvación empieza desde la creación.

Y al ver a este niño en la gruta, con sus padres, damos cuenta que Dios no es solo Todopoderoso. Aquí lo miramos como el Todo débil. Aquí entendemos que el mismo Hijo de Dios necesita de otras manos. Aquí entendemos que Dios se hace débil para fortalecer nuestra misma debilidad. Para salvarnos.

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo: el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 5-8)