La Palabra 194

Todo hombre se identifica con la propuesta del “ser felices”, pues se trata de un anhelo universal. Pero Jesús la hace como un estilo de vida y una vocación en el sermón de la montaña.

El Evangelio de Mateo está dividido en 5 grandes sermones. Y de hoy es el primero. Es el discurso sobre la identidad del discípulo. Este discurso responde a la pregunta: ¿En qué consiste la novedad de vida? diseña el “mapa” de la vida cristiana desde sus ángulos fundamentales. El eje de todo está en la frase: “Buscad primero el Reino y su Justicia”.

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En sus viajes misioneros, Jesús se ha encontrado con la dura realidad de su pueblo. Él les ha hecho experimentar la Buena Nueva del Reino. La multitud sanada no vuelve a casa inmediatamente sino que se deja educar por Jesús en la vida nueva que para ellos ha comenzado. La montaña se convierte en una escuela.

Algunos gestos que miramos en esta escena: Jesús sube la montaña. Igual a Moisés al Sinaí para recibir y proclamar la Ley de Dios. “Subir a la montaña” también está relacionado con la oración de Jesús, quien permanece en el corazón del Padre. “Se sentó”: es actitud propia de un Maestro que da instrucciones u órdenes. Nos recuerda la ocasión en la que Moisés sube a la montaña junto con los ancianos mientras que a los pies de la montaña permanece el pueblo.

Las ocho bienaventuranzas van describiendo progresivamente el rostro de un discípulo de Jesús, y notaremos que se trata del mismo rostro de Jesús.

La pobreza en Espíritu: indica la apertura total a Dios y a los hermanos. El “rico” en espíritu es el autosuficiente y orgulloso.

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La mansedumbre: describe a la persona que ejerce el control de sí misma en sus emociones e impulsos, que no pretende dominar ni controlar a los otros; es la persona que sabe convivir.

Las lágrimas: se refiere al estado de una persona en proceso de duelo por su propia desgracia o la de los otros; generalmente se vive en las rupturas de relación. De alguna manera se refiere a la pobreza porque hay un vacío que pide ser llenado.

El hambre y la sed de la justicia: Esta búsqueda compulsiva de lo esencial para vivir se traslada al terreno de las relaciones: recomponer las relaciones deterioradas, es decir, la “justicia”.

La misericordia: asociado al “perdón”. Donde quiera que alguien sufra allí hay que reconstruir –mediante una acogida efectiva.

La pureza de corazón: En un corazón puro las motivaciones son distintas a las de los demás: no hay codicia, no se guarda rencor, se valora objetivamente, sólo se desea el bien a los demás.

El trabajo por la paz: en lugar de insistir en lo que puede desunir, por el contrario se aporta siempre a lo que puede mantener y hacer crecer las buenas relaciones: las propias y las de los demás.

La persecución por causa de la justicia: la identificación con Jesús y el compromiso profético con su Reino tiene su precio: lleva a compartir el destino doloroso del Maestro.

Al final damos cuenta que es Dios Padre quien causa la felicidad. En otras palabras: se es feliz porque Dios está obrando en uno, gracias a la Buena Nueva proclamada y realizada por Jesús.

Por eso en la proclamación de las bienaventuranzas Jesús nos está haciendo un bello anuncio sobre Dios Padre, quien es el Dios del Reino, aquel a quien le decimos: “¡Padre… ¡Venga tu Reino!” Somos felices porque Dios Padre nos ofrece su Reino, ése ocuparse de nosotros benévola y eficazmente como Padre y Pastor.