«Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo.» Fue la palabra que escucharon los apóstoles al final de la Transfiguración.

La fe no crece por los milagritos, sino de la escucha de la Palabra de Dios.

Después de hacer la experiencia del desierto, hoy San Lucas nos invita a subir con Jesús la montaña. Es en la montaña donde también podemos hacer una experiencia inolvidable – la del silencio.

La cuaresma no viene para sentirnos deprimidos, sino para encontrarnos con la verdadera alegría que solamente la encontramos en Cristo. Hay que salir de esta lógica del sufrimiento. En el Tambor se encuentra la belleza – sin belleza nuestra alma se pierde. Por eso Pedro se expresa: Que bueno estamos aquí.

La teofania que sucede en el Tambor es símbolo de lo que sucedió en el Horeb cuando Moisés recibió los mandamientos. Allí sucede la transfiguración: en realidad son los ojos de los discípulos los que cambian. Ellos dan cuenta quien es Jesús y son llamados al cambio personal ellos también.

En este evangelio de Lucas es interesante que en la aparición de Elias y Moises, él menciona incluso de lo que hablaban entre ellos: de su éxodo a Jerusalen para recibir la muerte. Pero todo depende de lo que escuchamos. Somos los que oímos. Tenemos que en Cuaresma aprender a escuchar nuestra alma y nuestros pensamientos. Y la Palabra nos lleva a conocer la verdadera belleza.