Todas las miradas se dirigen a Belén. Belén es, por ahora, un escenario vacío, donde José y María van dirigiéndose. Dice el profeta Miqueas en la primera lectura que es “pequeña entre las aldeas de Judá”. Pero esa es la pequeñez que Dios ha escogido para hacerse presente entre los hombres. Allí, en un rincón perdido y escondido, el cielo se juntará con la tierra y lo imposible se hará realidad: Dios se hizo carne en un niño recién nacido.

Pero antes de que llegue ese momento tan cercano de la Navidad, la liturgia nos invita a echar a una mirada a la madre, a María. María está alegre, feliz. Esa alegría es expansiva, hay que comunicarla, hay que compartirla. Por eso se dirige a las montañas de Judá a encontrarse con su prima, también embarazada. Se convierte en discípula misionera.

En Ain Karem, aprendamos 3 cosas:

  1. CREER: “Dichosa tú que has creído”. Es la frase más importante en el saludo de Isabel. María creó desde el saludo del ángel. Lo mismo siente Isabel en la forma como se expresa: trata a María como la más dichosa y la Madre de mi Señor.
  2. RECIBIR: María recibe en su corazón y en su cuerpo a Jesús. Dió la vida al mundo, haciendo la voluntad de Dios. Isabel también recibe: por tres meses recibe a María y al niño como en un tabernaculo. ¿Y nosotros? A veces estamos tan acostumbrados de las fiestas navideñas que perdimos lo más esencial.
  3. ALABAR: La casa se llena de alegría cuando María entra a saludar a Isabel. Las dos alaban a Dios como un signo de agradecimiento. Aquí nacen dos oraciones bellas: el Ave María y el Magnificat.

 Que nuestra alegría en esta Navidad sea fruto de la fe gozosa en el Dios que se encarna en Jesús. Si queremos ser buenos cristianos: tenemos que ver con nuevos ojos, los ojos de María y creer en Cristo; tenemos que tener un nuevo corazón, el de María para recibir a Cristo; tenemos que hablar con una nueva lengua, la de María, para seguir alabando a Dios.