LA PALABRA 308

Hoy el evangelio es de San Juan, pero más suena como se fuera de San Lucas, el evangelista de la misericordia. Y es una historia que en el antiguo hasta la habían quitado del evangelio por ser escandalosa. Porque se trata de una mujer pecadora que es perdonada sin consecuencias. Fue San Agustín quien le da a esta historia su lugar de regreso en el siglo IV.

Mientras que el mundo de hoy tolera el pecado (y juzga continuamente) pero aplasta al pecador, la lógica de Jesús actúa en la forma inversa: condena el pecado pero ayuda al pecador. Hoy la historia de la adultera narra el encuentro de la miseria con la misericordia. Es la frase de San Agustín. Hay varios contrastes: las manos de los fariseos listas para apedrear y las manos de Jesús listas para levantar y perdonar; la cara de los fariseos enmascarada por juzgar lo de afuera mientras que la cara de Jesús llena de compasión sano lo de adentro.

La situación no es tan fácil por la ley de Moisés que pedía que una mujer cachada “infraganti” tenía que ser lapidada. Cualquier acción que podía tomar Jesús era complicada. La intención de los fariseos no era de pedir justicia sino de engañar al mismo Jesús. Y de la mujer no sabemos nada, ni como se llama. “Mujer como estas adulteras deben ser apedreadas“. 

Y el dedo de Dios que había escrito sobre las tablas de piedra los mandamientos y la ley, hoy el dedo de Jesús escribe en el suelo como se habían arruinado esta misma ley, reduciéndola inservible.

En medio del silencio entre la pecadora y Jesús, la mirada no se extiende sobre la adultera sino sobre el sufrimiento. No hay juicio sino una invitación al cambio. La misericordia es la medicina que sana el alma, es la venda que cubre las heridas del pecado. Cristo no es el juez, sino el salvador.