La Palabra 110

Las tormentas producen oscuridad, ruido y a veces pánico. Las dudas generan desconcierto; las crisis, tensión y desaliento. Vivir entre tormentas es la condición de todo ser humano. Hay tormenta, el mar rompe contra la barca y Jesús duerme sobre un almohadón. Es razonable el miedo de los apóstoles, la barca iba llenándose de agua y lo despiertan: “Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?”, le dicen con dureza. Cuantas veces en nuestra vida y en nuestra historia, Jesús parece que duerme y creemos que estamos solos y todo depende de nosotros para subsistir.

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Cuando estamos mal, a merced de las tempestades de la vida, en ocasiones parece que no hay salida, pues nada, que venga el superhéroe y nos salve, le pedimos el milagro y todo se soluciona y si no funciona decimos que hemos perdido la fe. Suele ocurrir, que si alguien querido tiene una enfermedad incurable, por mucho que pidamos el milagro, se muera, si alguien dice que no se le escuchó y por eso perdió la fe, es que vive en el mundo de la magia. Aquí el milagro, como en todos los relatos del Evangelio, es un símbolo de algo más profundo: el miedo y la falta de fe.

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Es el miedo a perder nuestras cosas, lo que tenemos, la seguridad, la buena posición, lo que pensamos es nuestro prestigio, la comodidad, la salud y sobre todo el dinero. Se nos urge a una fe que no tenga miedo a afrontar la vida. Una fe que no tenga reparo en cuestionarse, dudar, pensar, hablar, expresarse, obrar, denunciar, porque hay valores por los que merece la pena arriesgar. Una fe que nos madura, para mirar de frente los acontecimientos que nos pasan: la tempestad, la muerte, los peligros, las crisis… Y si, es verdad, que la fe no elimina los problemas, ni lo hace todo más fácil, pero en ella, podemos encontrar una explicación profunda a la vida, la fuerza necesaria para luchar por la verdad, la justicia, la honestidad, la fraternidad… y tener valentía para vivir desde el Evangelio.

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La fe no nos va a dar respuestas intelectuales a nuestras preguntas. La fe nos da confianza para seguir la vida en medio de las tantas tormentas que nos sacuden con sus golpes, pero no nos derriban sino nos hacen más fuertes en la travesía vital.