La Palabra 176

Cuantas veces por la calle hemos tirado alguna monedita a quien está pidiendo limosna solo para tranquilizar la conciencia sin acercarnos a conocer la persona, ver cuáles son sus llagas y empezar un camino de dignidad. Hoy Jesús nos presenta la parábola del rico avaro y del pobre Lázaro.1

El rico, a primera vista, no hace mal alguno. Él come y festeja  pensando que los bienes de los que disfruta son signo de la bendición de Dios mientras que la pobreza y la enfermedad, son signos de la maldición de Dios para los pecadores. Pero la parábola nos habla de algo más fuerte: cuantas veces hay insensibilidad ante el sufrimiento. La abundancia nos suele hacer ciegos ante el dolor ajeno.

La parábola tiene dos partes: un cuadro en la tierra y el otro en el más allá. En la primera parte Lázaro (que este nombre significa “Aquél a quien Dios ayuda” y es el único caso en el que Jesús le pone nombre a un personaje en sus parábolas) sólo recibía migajas que caían casualmente y no fue objeto de la más mínima caridad. El rico es un ejemplo concreto del mal uso de la riqueza. ¿A qué hora trabajaba? ¿De dónde salía el dinero? Es una situación que seguimos viendo hasta hoy.2

La situación en que vive Lázaro es lamentable. Ni siquiera los pedazos de pan que los invitados usaban para limpiarse las manos (en aquel tiempo era normal) y que luego arrojaban de la mesa  para los perros alcanzaba agarrar el pobre Lázaro. Con esto vemos el trato que se le da al mendigo: peor que los perros. Lo que la descripción de los personajes ilustra es la indiferencia del rico hacia el pobre. El rico piensa solamente en sí mismo, manteniéndose a distancia y sin hacer absolutamente nada por ayudar la mendiga. El perro que lame las llagas de Lázaro –intentando al menos limpiarle las heridas- parece portarse mejor que el rico. La falta de caridad es total.3

El punto de partida es el momento de la muerte. Dios se ocupa de Lázaro con la ayuda de los ángeles. En cambio del rico solamente se dice: “fue sepultado”. No hay honores celestiales (ni tampoco terrenales). La humillación del rico es grande al ver “a lo lejos” a Lázaro. Su “tormento” no sólo es físico, es moral: la frustración. El rico pide “la gota de agua” pensando que todavía tiene derecho y que todavía puede humillar a Lázaro poniéndolo a hacer mandados. El rico todavía hace un nuevo esfuerzo para incidir en lo que todavía es posible: prevenir a sus hermanos para que no corran la misma suerte que él.

La parábola anuncia una buena nueva tanto para los ricos como para los pobres. Los primeros, son llamados a través de esta “Palabra” a la conversión y los segundos saben que Dios ha asumido su causa y les hace justicia. Entonces, no hay disculpa para una vida egoísta y falta de solidaridad. Para reconocer y cumplir la voluntad de Dios basta leer y comprender la Biblia que nos habla del amor a Dios que se hace concreto en el amor al prójimo.