La Palabra 186 

Juan Bautista es una de las grandes figuras del Adviento porque con su presencia y su predicación se anuncia la llegada de los nuevos tiempos del Mesías. Si el domingo pasado el mensaje fue de velar y estar preparado, el grito de Juan hoy nos invita al arrepentimiento. Este predicador del desierto nos invita al cambio de vida. En medio de la dura predicación, se vislumbra una esperanza de vida y salvación.

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Juan empieza a preparar el terreno para el sembrado del Reino. El “teatro de operaciones” de Juan es el desierto de Judea y no el templo de Jerusalén. El desierto es el lugar de la “escucha” donde se atienden, lejanas de toda distracción, las directivas de Dios. Y es aquí donde Juan moviliza al pueblo para un camino pascual que hay que recorrer. Por eso el desierto es el punto de partida de algo nuevo impulsado por el llamado de la Palabra. Y el llamado es a la conversión: el cambio radical del estilo de vida. La conversión no es para volver atrás, al punto de partida, sino un ir más allá, dar pasos hacia delante en la dirección que se llama “Reino”. Juan nos hace esta invitación para dejar la vida de pecado para convertirse al Dios que se ha hecho presente en medio de su pueblo.

Este es el llamado en este Adviento para cambiar nuestra mentalidad y enderezar los valores que hemos perdido por desviarnos del camino. El grito de Juan no puede quedar haciendo eco solo en el desierto, sino que llegue a penetrar en el corazón de cada uno de nosotros. Conversión implica cambio en la forma como hablar y tratar a los demás. No podemos caer en el pecado de los fariseos quienes se sentían muy justificados y sin necesidad de conversión.

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Juan, por tanto, es la voz de aquél que grita repetidamente en el desierto su mensaje para que los hombres se preparen: el profeta nos quiere sensibilizar para ofrecerle a Dios la mejor acogida. Y lo hace siendo él muy riguroso hasta en la forma de vivir: igual al profeta Elías quien se vestía de piel de camello y signo que está dedicado completamente a la causa de Dios. La predicación de Juan sobre la conversión era acompañada del bautismo en las aguas corrientes del río Jordán. El bautismo señalaba que la persona que lo recibía era sincera y que su actitud era válida a los ojos de Dios.

La predica de Juan gira en dos direcciones: llama a la conversión y anuncia la llegada inminente del Mesías. Si bien Juan nos describe inicialmente al Mesías más con los rasgos de un juez que de un salvador, es verdad que en última instancia su deseo es la salvación; además él es el portador del Espíritu y por tanto de la vida y la salvación. Pero para ello necesita la apertura de cada uno, por eso el Bautista no para de predicar la conversión personal. Y este es el sentido de Adviento: estar preparado porque la cercanía de Dios es muy inminente. Lo importante es que demos fruto.

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