La Palabra 206

Las historias de Pascua no son relatos para contarnos detalles de las apariciones de Jesús Resucitado. Tenemos que ir más allá. Nos cuentan formas diferentes de los encuentros personales con Jesús. Para nosotros significa el sentir la esperanza y la vida nueva a través de la Misericordia.

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Y hoy es el Domingo de la Divina Misericordia. Uno de los encuentros personales lo hace Tomás. Él es el personaje que nos permite conocer un camino nuevo. Su incredulidad nos permite descubrir esta misericordia y el verdadero ser de Dios, manifestado en Jesús de Nazaret. Es un camino que nos saca de las veredas habituales y rutinarias para deslumbrarnos con otra posibilidad de vivir de otra manera con más esperanza. Frente a esta historia podemos aprender:

  1. El Jesús Resucitado sigue teniendo las heridas de la crucifixión. No son cicatrices para tener vergüenza. Al revés nos enseñan que para llegar a la gloria no hay que negar la cruz o bajar de ella. No se trata de “pare de sufrir”: esto no es parte de la misión de Jesús.
  2. Mostrar las llagas tiene un doble significado: es una expresión de su victoria sobre la muerte; es como si nos dijera: “Mira he vencido”. Es también un signo de su inmenso amor, un amor que no retrocedió a la hora de dar la vida por los amigos; y es como si nos dijera: “Mira cuánto te he amado, hasta dónde he ido por ti”.
  3. Jesús le lanza un desafío a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado”. Se refiere a su cuerpo dolorido, torturado, sangrante. Se refiere a sus heridas abiertas. Una vez más la cruz y el sufrimiento se cruzan en el camino del cristiano que lleva a la resurrección. Jesús ha recogido en su cuerpo torturado todo el dolor del mundo y de la historia, de aquellos a los que les ha tocado siempre la peor parte de esta historia nuestra.

Ahora viene la pregunta: ¿hoy donde lo encontramos al Jesús resucitado que lleva siempre las heridas?

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† Hay que salir a lo hondo de este mundo. Hay que meter la mano en las heridas de la historia. Hay que acercarse a los que les ha tocado la peor parte: a los pobres, a los marginados de todo tipo, a los que sufren por cualquier razón. Ahí, tocando la cruz es como nos encontramos con el Señor Resucitado, con el Jesús al que el Padre ha devuelto la vida.

† Acercándonos a los lugares oscuros de la historia, donde el pecado, el dolor y la muerte están demasiado presentes, donde aparentemente no cabe la esperanza, es como encontraremos al que es la fuente de toda esperanza, al que nos hace mirar más allá de la muerte.

Tocando las heridas de nuestros hermanos y hermanas, será como podremos escuchar de los labios del mismo Jesús la palabra que sanará nuestro corazón: “Paz a ustedes”. Una vez, el periodista Malcolm Muggeridge entrevistó a la Madre Teresa de Calcuta. El periodista le decía que ni por un millón de dólares sería capaz de bañar a un leproso. La Madre Teresa de Calcuta le dijo: Yo tampoco lo haría por un millón de dólares… Lo hago porqué en él está el mismo Jesús. Lo hago por el amor a Dios.

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Cuantas veces nos pasa igual a la primera comunidad de los discípulos. Jesús los encuentra con la puerta cerrada. Todavía están en el sepulcro del miedo y no están participando de su nueva vida. El Resucitado viene y se deja ver. Contemplar al Resucitado es experimentar el amor sin límite ni medida del Crucificado, participar de su victoria sobre la muerte y recibir plenamente el don de su vida.

Jesús envía a sus discípulos al mundo con plena autoridad así como él lo envió a Él. Para que la misión sea posible, los discípulos deben estar revestidos del Espíritu Santo. Es también la invitación para que nosotros salimos a misionar.