La Palabra 201

Es la sed, la que reúne junto al pozo, a Jesús y la mujer Samaritana. Una sed que se delinea en una de las conversaciones más bellas que encontramos en los Evangelios y que se refleja muchas veces también como drama espiritual en nuestra vidas. La historia no narra solamente el encuentro de Jesús con la mujer samaritana sino que involucra también a todos los habitantes de Sicar. Es un encuentro personal pero también “comunitario” y eventualmente misionero.

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Es un encuentro que va da del pozo físico al pozo del corazón: el corazón humano que por sí mismo no puede producir vida; es en el corazón de Dios de donde viene el don inagotable de la vida.

Esta historia narra que  Jesús llega a una tierra hostil, la región samaritana, y se detiene junto al pozo que se encuentra cerca. Generalmente un pozo es un sitio habitual de encuentro de la gente,  puede ser un sitio de conflictos por la propiedad; y también era sitio para enamorar. Era un lugar estratégico. Era el mediodía, hora de tanto calor y para un viajero buscar agua. No para una mujer que va buscando agua a esta hora, que generalmente lo hacen temprano. Llegaba ella a esta hora por su mala fama y para que nadie chismosea de ella. Jesús tiene sed de la salvación de esta mujer, mientras que ella, confundida, no solamente quiere llenar el cántaro sino también su corazón vacío y sin paz.

La atmósfera es de tensión, la primera reacción de la mujer es agresiva por ser mujer y samaritana: “¿Cómo tú siendo judío me pides de beber a mí que soy una mujer samaritana?”. Pero Jesús sabe pasar por encima de estas primeras dificultades y con maestría desvela su corazón. Jesús le ayuda a “descubrir el don de Dios”; luego se revela como él que conoce y al final revela la naturaleza del don de Dios.

Dame de beber”: Jesús le expresa que necesita ayuda básica, pero la situación se invierte al final, cuando es la mujer misma la que clama: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla”. Es la mujer quien descubre que depende de Jesús para solucionar su necesidad básica no fisiológica y más profunda, una sed que tiene una causa más honda y que está relacionada con el sentido de su existencia.

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Para poder vivir necesitamos del agua. Ciertamente sin agua no hay vida. Por más que queramos no podemos extinguir la sed de una vez por todas. Y aún la mejor agua del mundo no hará más que mantenernos siempre vivos en cuanto dura esta vida terrena. Por eso Jesús lanza su propuesta de un “agua viva”. La mujer quedó desarmada y antojada del don de Dios. Jesús llama a su don “agua viva” con tal fuerza que puede extinguir la sed de una vez por todas y dar la vida eterna. El don de Dios viene del encuentro con Jesús: un encuentro en que llega conocer quién es él. Y es así que la samaritana va conociendo a Jesús primero como profeta, luego como el Mesías y al final como el Salvador.

Una vez que la samaritana suplica el don del agua viva, Jesús empieza a hablar de ella misma. Jesús le demuestra que la conoce. Este conocimiento va en dos direcciones: Primero Jesús le revela la verdad de su vida. Esto la impresiona y la lleva a descubrir la identidad de Jesús. La mujer ya ha dicho que no quiere seguir en el círculo vicioso de idas y venidas al pozo. Sin embargo Jesús la pone a hacer un nuevo viaje de ida y venida, sólo que esta vez el itinerario es al contrario, el destino es su casa: “Vete, llama a tu marido y vuelve acá”. La respuesta seca que no tiene marido demuestra la vida agitada que tiene esta mujer. Ella está encerrada en un círculo de pecado. La mujer reconoce que ella no está bien. La misma mujer que burló de él en el principio ahora le empieza a admirar.

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Y aquí donde surge para cualquiera esta pregunta: ¿Qué es lo que le puede dar saciedad al pozo inquieto de mi corazón, buscador incansable de una experiencia fuerte de “vida”? La respuesta es: en la comunión con Dios. Aquí está el núcleo de la misión salvífica de Jesús: el vino a dar vida. La última palabra que la samaritana escuchó de Jesús fue: “Yo soy”. El ruido de la llegada de los discípulos –con los paquetes del almuerzo- no nos permite escuchar la respuesta de fe de la mujer.

Pero tenemos los detalles de la reacción de la mujer que “deja el cántaro” (su vida pasada), “corre a la ciudad” y le “anuncia a la gente”. La samaritana se convierte en apóstol que va a tocar las puertas de las casas de Sicar para predicarles lo que ha vivido. El comportamiento de la mujer no es nuevo en el Evangelio, ella imita a los primeros discípulos que le comparten a otros lo que han encontrado y de esa manera los atraen hacia Jesús. También la samaritana lleva a los otros a creer.

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