La Palabra 193

Jesús empieza su predicación, no en Judea o en Jerusalén, sino en la Galilea de los paganos, en las fronteras de la increencia. Estas son las periferias y zonas de evangelización escogidas por el mismo Jesús y que conectan con el anuncio hecho por los profetas.

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos”. Su preocupación es el Reino y en esto consiste nuestra conversión actual. La Iglesia procura servir a los hombres, inmersa en las fronteras y periferias, para que el Reino de la justicia y de la paz, que ya está en germen, surja en cada persona.

Muchas veces confundimos las cosas: queremos pescar gente para la Iglesia, más que pescar gente para el Reino. Por eso valoramos más a los que se dedican en nuestras parroquias a las acciones internas: catequesis, liturgia…; que aquellos que están en las fronteras del mundo, en la Galilea de los gentiles.

Jesús configura su grupo de discípulos, de forma diferente a como hacían los líderes de la época. Éstos acogían a quienes solicitaban entrar. Jesús sin embargo, llama a quienes quiere incorporar a su grupo. El atractivo de su llamada es irresistible y les hace capaces de renunciar a su familia y a su trabajo para seguirle. Lo que supone una ruptura no sólo afectiva, sino de todas las seguridades, invita a vivir un nuevo estilo de vida. Curioso, escoge a un grupo reducido de gente, doce, pescadores en su mayoría, no dirigentes religiosos. Si el Reino es universal, la Iglesia puede ser un grupo pequeño sin complejos, que está llamado a prefigurar ese Reino.

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Llama a pescadores por 3 motivos: Primero, en un pescador Jesús mira la dedicación. Ellos no saben que significa descanso o estar de haragán. Y para ser dedicado como pescador de hombres hay que estar dedicado a la causa de Cristo. Como decía uno de los mejores pescadores de hombres, Don Bosco: “dame almas, y llévate lo demás”.

Segundo, en un pescador Jesús mira que tienen coraje para enfrentar lo que trae la naturaleza especialmente el mar y luchar contra los elementos. Por eso se necesita coraje para dejar las comodidades y seguridades. Para seguir a Jesús hay que remar contra corriente. Y tercero, en el pescador hay perseverancia. El pescador si falla hoy intentará mañana. Nunca se da por vencido. El pescador de hombre utiliza la atarraya de la fe; la carnada de la esperanza y el anzuelo del amor.

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Pedro, Andrés, Santiago y Juan, antes de dejar las redes, seguro que en su interior deseaban algo distinto. El relato de hoy no nos cuenta su proceso, que sabemos necesitó tiempo, crisis y momentos intensos, como nuestros procesos. Ellos soñaban con: “proclamar en Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo”, esperaban ardientemente un cambio de sistema, de relaciones. En su corazón resonaba lo anunciado por los profetas, por eso, lo dejaron todo ante la llamada y su decisión cuestiona nuestros sueños, compromisos, comodidades, materialismos, individualidades e insolidaridades.

Hemos sido llamados por nuestros nombres, para hacer ver que Dios, está en medio de nosotros guiando la historia y uniendo a toda la familia humana. Algo de ésto, distinto, debe anidar en todo los cristianos.