La Palabra 202

Después de haber leído el domingo pasado el encuentro de Jesús como la samaritana, hoy leemos el encuentro con el ciego de nacimiento. También este maravilloso pasaje nos ayuda a comprender más a fondo lo que sucede en nuestra vida bautismal. Este es el domingo de la “Luz”, pero también de la “Alegría”. Ver siempre produce alegría.

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Ya en la primera lectura del libro de Samuel, cuando quiere elegir al futuro Rey, el profeta se fija en el hijo mayor, pero el Señor le dijo a Samuel: “No mires las apariencias ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón”. El escogido es el hijo menor.

Jesús es luz esplendorosa que orienta el sentido de la vida de todo hombre en la dirección del proyecto de Dios: “Yo soy la luz del mundo, el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8,12). En el pensamiento bíblico, lo primero en ser creado es la “luz” y ésta está estrechamente relacionada con la “vida”. Es símbolo de salvación.

El ciego de nacimiento es llevado hasta el “ver” perfecto, es decir, hasta comprender quién es Jesús, expresarle su fe y, finalmente, sumergirse en adoración. Pero el relato también contiene una dolorosa paradoja: en la medida que el sanado va viendo claro, los que lo rodean –a la inversa- van apareciendo sumergidos en la más terrible de las tinieblas. Entonces, ante la “Luz” de Jesús unos se vuelven videntes y otros se vuelven ciegos. Como dice el mismo Jesús en la conclusión: “Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y lo que ven, se vuelvan ciegos”.

Jesús “vio” al ciego de nacimiento y los discípulos también. Pero lo curioso es que Jesús y los discípulos no vieron lo mismo: mientras que los discípulos vieron a un ciego, y por detrás del ciego vieron el “pecado” y un castigo de Dios; Jesús vio un ciego con la oportunidad que Dios se manifestara en él. Jesús ha venido de parte de Dios, al encuentro de hombre, para llevarlo a la comunión con él.

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Jesús hace una “obra” misericordiosa a partir de acciones significativas: “escupió en tierra”, luego “hizo barro con la saliva” (así hizo Dios para crear al hombre) y “untó con el barro los ojos del ciego”. San Agustín dice: “que cuando le ungió los ojos lo hizo catecúmeno”. El ciego, confiando en la palabra de Jesús: va, se lava y vuelve viendo. Es interesante que la palabra “Piscina de Siloé” en griego quiere decir: “La fuente bautismal de Aquel que es enviado (que es Jesús)”.

Jesús desaparece de la escena y el ciego, ahora vidente, se encuentra con su círculo de vecinos que se dividen de opinión. Hay quien piensa que no es él y otros que ahora dicen que es sanado. Por tanto, el sanado conoce a Jesús por lo que le ha hecho, pero en realidad desconoce su identidad. Las inquietudes ahora se desplazan hacia la identidad de Jesús, quien ha obrado el signo. El “que antes era ciego” es conducido donde los fariseos. Era día sábado. Los fariseos aparecen como sabios en cuestiones religiosas, pero también como incapaces de discernir a fondo la obra misericordiosa de Jesús. Para ellos, Jesús es un pecador. Pero el ciego lo trata de profeta. El evangelista nos muestra cómo se comienza a sentir un mal ambiente entre las autoridades por lo que se está propagando entre la gente a causa del testimonio del ciego sanado por Jesús. Jesús es signo de división de opiniones.

Las autoridades judías entrevistan a los padres del sanado. Ellos confirman que su hijo nació ciego pero no se comprometen sobre quien lo sanó. El hecho es que las autoridades cierran conscientemente los ojos ante la evidencia del signo, ante la luz. La situación se pone peligrosa para el ciego de nacimiento que fue sanado por Jesús que es entrevistado por segunda vez. La gente se vuelve a dividir. Cuando ya no quedan más pretextos para poner en duda la efectiva curación del ciego, no queda más remedio que tomar una posición clara ante la persona de Jesús quien ha obrado el signo. Los fariseos lo consideran como pecador porque hizo algo ilícito. Ante lo sucedido el ciego defiende a Jesús. Las autoridades reaccionan con violencia expulsando a este hombre de la sinagoga. Su posición ante Jesús se endurece.nSucede lo que hoy llamamos: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

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El ciego-mendigo de nacimiento queda desvalido, sin el apoyo de su comunidad de fe. Jesús entonces, por segunda vez, entra en acción: sale a su encuentro. Para darlo, Jesús lo ayuda con una palabra revelatoria, haciéndolo capaz de ver más a fondo. Jesús se le revela como el “Hijo del hombre”. El sanado afirma que cree en Jesús (9,38a) –sellando así su reconocimiento- y se postra ante él, un gesto de respeto y entrega con el cual admite estar ante divinidad. Esta postración en el suelo, a los pies de Jesús, es el momento culminante de este encuentro salvífico. La fe se expresa exteriormente y el conocimiento se vuelve adoración prolongada. El ciego recobró la vista inmediatamente, pero la luz de la fe fue gradual.

En la vida hay 3 causas que nos hacen perder la fe y volvernos ciegos:

  1. La ignorancia religiosa: cuando a uno ni le importa más formarse o escuchar la Palabra;
  2. La arrogancia: ya no habrá espacio para Dios;
  3. La inmoralidad: Cuando el corazón se pudre, la mente ya no piensa en Dios.