La Palabra 196

Seguimos este domingo el sermón de la Montaña contado por San Mateo y después de las bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas “son los nuevos mandamientos” y solo pueden comprenderse si se abre el corazón a la acción del Espíritu Santo.

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Hoy más que nunca Jesús aparece como el nuevo Moisés. En el monte Sinaí, Moisés presentó la ley de Dios. Jesús en la montaña presenta su nueva ley. Por seis veces Jesús repite esta frase con autoridad: “Han oído ustedes que se dijo… pero yo les digo”. Jesús hoy demuestra que es más que Moisés. Jesús es el mayor y único maestro.

Primero, Jesús no vino para destruir la ley o los mandamientos sino a perfeccionar esta misma ley. Jesús pide algo más. No solamente nos dice lo que no tenemos que hacer, sino lo que en verdad uno tiene que hacer tanto que: “el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”.

Como segundo principio Jesús también dice: “si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.” Jesús no quiere una santidad farisaica, sino de corazón.

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Jesús también da unos ejemplos prácticos que nos interesan:

  1. La ley de Moisés dice: “No matarás”. Jesús dice no solamente, sino ni hay que enojarse, ni insultar y peor despreciar a los demás. Jesús da el ejemplo de la ofrenda del templo.
  2. La ley de Moisés condena el adulterio. Para Jesús no es suficiente. Incluye también los malos deseos y pensamientos que uno comete en su corazón.
  3. La ley de Moisés permitía el divorcia bajo ciertas circunstancias. Para Jesús no se permite bajo ninguna ley porque es una entrega de fidelidad total.
  4. La ley de Moisés dice que no hay que jurar en falso. Para Jesús no es solamente eso, sino ni hay que engañar a tu hermano. “Digan simplemente sí cuando es sí, y no cuando es no”.

oracionPor eso Jesús trata con su discurso de ayudarnos de arrancar el mal desde la raíz. Necesitamos de una curación radical, quiere decir una intervención quirúrgica del corazón. Quiere que bajemos hasta lo más profundo que hay en nuestro corazón, porque es de allí que sale el bien o el mal. Y con eso podemos hacer una limpieza general de todo lo que se encuentra en este corazón. Jesús sigue siendo el doctor de nuestra alma y con recetas radicales para evitar cualquier tentación.