La Palabra 197

Hace pocos días en Roma aparecieron unos carteles contra el Papa Francisco acusándolo que no está mostrando misericordia con los sacerdotes y otros grupos. Seguramente quien lo hizo es que se siente enfadado con la postura del Papa Francisco de abrir las puertas de la Iglesia a tantas personas heridas por el peso de la vida, los marginados y los refugiados. El Papa sigue su rumbo de hacer este lío que empezó aunque con tanta discordia en la misma Iglesia. Sabiendo al final que esto es el evangelio que Cristo predicó.

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Hoy encontramos el dicho del “Ojo por ojo y diente por diente” que era parte de la ley de Moisés. Seguimos el discurso de la montaña y la nueva ley que propone Jesús que la lleva a la perfección. Jesús sigue proponiendo verbos que en nuestra sociedad no se conjugan.

Por eso ¿Cómo responder a quien te hizo una mala acción? Nuestra sangre pide venganza inmediata. Es a veces el mismo instinto del ser humano que acciona así. Pero Jesús hoy nos dice: no condenen y no serán condenados. Hay que perdonar para encontrar el perdón. El problema es que muchas veces me encuentro que tengo tantos enemigos. Hay personas que simplemente nos odian por ninguna razón y aunque pedimos perdón, no quieren saber. Es la parte triste de la vida. Y es una parte realmente difícil. Y cuando Jesús hoy nos dice de amar y pedir perdón, todo esto se pone todavía mucho más complicado.

Jesús propone un nuevo concepto del amor con una forma de hacer mover las entrañas de sus apóstoles: él es radical. El problema es que todo esto parece imposible: ¿Cómo voy a amar sinceramente a mis enemigos? ¿Y en realidad tengo que rezar por las personas que me han hecho daño? ¿Por las personas que trabajan en contra de nosotros? ¿Y por los que nos quieren ver cayendo? Parece más una receta para un desastre sicológico. Y aquí es donde más que nunca tenemos que entender el contexto de las palabras de Jesús.

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Si alguno te golpea en la mejilla derecha” implica en el ambiente hebraico un insulto. Ofreciendo la otra mejilla significa que hay que retirarse y no vengar. No quiere decir tampoco de hacer el tonto y seguir recibiendo golpes a cada rato.

Jesús también pide “Amen a sus enemigos”. En griego el amor se divide en tres: el “fileo” que es el amor filial entre padre e hijos; el “eros” que es el amor en una relación matrimonial; y el “agape” que es el amor que no espera nada de regreso, es el amor divino. Por eso nosotros tenemos que mostrar este “agape” a nuestros enemigos, no importa cómo nos tratan y si nos insultan. No hay que dejar que la amargura invade nuestros corazones. Hay que abrir el corazón a ellos.

Y hay que rezar por ellos. Es más fácil mostrar el “agape” a personas cuando uno reza por ellos. Porque cuando uno reza, Dios le ayuda a abrir el corazón más fácilmente y poder ver a los demás como Dios los vea.

Amar al enemigo y rezar por ellos sigue siendo la tarea más difícil del cristiano. Cuantas veces la experiencia te hace encontrar con personas que no quieren saber nada de ti y aunque estar con ellas no te hablan. Y aunque uno trata de hacer de todo, nada cambia su modo de actuar. Frente a todo esto tenemos que ser prácticos.

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Hay personas que no te tragan. Es imposible cambiarlos, peor que llegan a quererte. ¿Qué hacer? Hay que aceptar y abrazar tu fragilidad y falta de poder. Dejar todo en manos de Dios. Evitar las cuestiones es la mejor cosa que se puede hacer: “ofrecer la otra mejilla”. Y amar a los enemigos y rezar por ellos es una acción muy liberadora y salvadora. Cuántas familias están en situaciones como si fueran dos escorpiones un jarro. Se dan y se matan y no se mira ninguna solución. Por eso las palabras de Jesús siguen siendo radicales e inspiradoras.

Jesús no nos dice solamente de perdonar sino también de buscar la libertad y la alegría.

La historia del REGALO DE LOS INSULTOS.

Cerca de Tokio viví­a un gran samurai, ya anciano, que ahora se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corrí­a la leyenda de que aún era capaz de derrotar a cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí­. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para captar los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás habí­a perdido una lucha. Conociendo la reputación del samurai, estaba allí­ para derrotarlo y aumentar así­ su fama.
Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafí­o.

Fueron todos hasta la plaza de la ciudad, y el joven comenzó a insultar al viejo maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió a la cara, gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados.. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
– ¿Cómo ha podido usted soportar tanta indignidad? ¿ Por qué no usó su espada, aún sabiendo que podí­a perder la lucha, en vez de mostrarse cobarde ante todos nosotros?
– Si alguien se acerca a tí­ con un regalo, y tú no lo aceptas, ¿a quien pertenece el regalo? preguntó el samurai.
– A quien intentó entregarlo – respondió uno de los discí­pulos.
– Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos – dijo el maestro. – Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.