La Palabra 198

Siguiendo el discurso de la montaña, hoy Jesús se nos habla de la posesión del dinero y las preocupaciones del día a día. Lo contrario a Dios es el dinero. “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”.

No se nos dice, que no hay que dar ninguna importancia a los bienes materiales. A nadie se le ocurre desear la pobreza para su familia, o confiar la alimentación o la salud de los suyos, a la providencia. Muchos consideran al dinero “amo y señor”, de hacer de él una preocupación que nos esclavice. Y es una de las tentaciones en el mundo de hoy.

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Por eso Jesús nos llama la atención. Por cuatro veces nos llama la atención para no preocuparnos tanto de las cosas terrenales. “No se preocupen por su vida, pensando que comerán o con que se vestirán”. En la televisión muchos programas solo nos instan de ver que comemos o que vestiremos. Insisten en lo que hay que comer y vestir. Jesús condena la exagerada preocupación. La raíz de todo esto es la falta de fe. Cuando el hombre vive como se fuera Dios no existe, entonces busca nuevos ídolos. Y termina siendo ídolo de si mismo buscando solo sus intereses y los bienes del mundo. La medicina que propone Jesús es ver la misma naturaleza: “Miran las aves del cielo… miren como crecen los lirios del campo”. Es el Padre celestial que los alimenta y es Dios que los viste así.

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Es el mismo Jesús quien nos garantice diciendo: “El Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas.” Por eso nos asegura que tenemos que creer en la providencia de Dios. Y por estas razones: primero porque tiene corazón de Padre. Su amor es sin límites. Y como repetimos en el salmo de hoy: “Solo en Dios he puesto mi confianza”. Y luego: “él es mi roca firme y mi refugio”. Y segundo, Dios también tiene corazón de Madre. Y esto lo leemos en la primera lectura tomada del libro del Profeta Isaías: “Aunque una madre olvidará de ti, yo nunca me olvidará de ti.” Son pensamientos bellos que demuestran la afectividad de Dios hacía con la misma humanidad.

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Jesús al final de este evangelio nos hace una invitación: “Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura.” Tener confianza en la providencia no quiere decir de estar esperando que caiga el maná del cielo, o de estar con las manos cruzadas y no hacer nada y sin pensar en nada. Jesús sabe que necesitamos de dinero, comida y ropa. Pero todo tiene que ser con equilibrio.

Hay que poner a Dios en primer lugar. Los valores tienen jerarquía. Por eso lo espiritual viene antes que lo material. Lo esencial antes que lo accidental. La eternidad antes que la misma vida. Hay que saber vivir una vida equilibrada sin tantas preocupaciones y sin ser esclavos del mismo trabajo.

Ojala que con esta página evangélica podemos empezar a valorar más a las personas que a las cosas y aprender la sabiduría que nos enseña.