La Palabra 157

Celebrar la fiesta del Espíritu Santo es celebrar la vida. Porque el Espíritu no solamente es fuego o viento, sino su presencia la encontramos desde la Creación: toda la vida empieza por Él.

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Y gracias a la obra del Espíritu que en pentecostés nace la Iglesia: la primera comunidad de cristianos que querían seguir la misión de Jesús. Todo empieza por allí. Este mismo espíritu que movió a Jesús en el desierto, que lo llevó a anunciar su unción misión en la sinagoga de Cafarnaúm; y que lo resucitó. Miramos los detalles:

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  1. Todos estaban reunidos en un mismo lugar: la espera del Espíritu los hace sentir como un solo cuerpo. Y es el Espíritu que nos hace sentir unidos como una solo Iglesia. El Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía aunque hay carismas diferentes.
  2. Se escuchó un ruido fuerte como un viento: este viento implica que todo se mueve, que no podemos quedarnos estáticos. Es tiempo de cambios. Aunque la novedad siempre nos espanta y nos da un poco de miedo. Como el viento que renueve el aire. Dios ofrece siempre novedad, trasforma y pide confianza total en Él, como les pasó a Noé, Abrahan, Moises y los mismos apóstoles. Como sucedió en tiempos del Concilio Vaticano II, y como el aire que está respirando ahora la Iglesia con Papa Francisco. La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad.
  3. Aparecieron unas lenguas de fuego: es este fuego que purifica, quema y apasiona a los apóstoles de salir a anunciar. Es este fuego que arde como un nuevo lenguaje que une a todos de diferentes razas. Si en Babel se confundieron las lenguas, en Pentecostés pasa todo al contrario. Todos se entienden y hablen el idioma del amor. El alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar.

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¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada y meditar la siguiente canción de Daniel Poli.