La Palabra 212

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Hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia. Después de la promesa de Jesús que iba a enviar un defensor, hoy se cumple esta promesa en el Cenáculo. No es una fiesta única para los discípulos sino para toda la Iglesia.

El Espíritu Santo fue presente desde el principio en la vida de Jesús:

Desde el nacimiento (fue concebido por obra del Espíritu Santo); en el bautismo se vió volando la paloma y en la vida pública muchas veces habla del defensor como encontramos en el evangelio de Juan.

El mismo Espíritu está presente en la vida de la Iglesia: es el espíritu de la verdad que ilumina la mente de los apóstoles para entender quién es Jesús; es el espíritu del amor, que une en una sola alma y espírtu a los mismos apóstoles; y es el espíritu de la fortaleza: los apóstoles salen de su cueva de miedo y se transforman llenos de valentía para predicar.

El Espíritu Santo tiene un lugar especial también en nuestra vida espiritual:

En el Bautismo: nos da nueva vida y viene por primera vez en nuestra vida.

En la Confirmación: nos cambia en verdaderos testigos de él y aumenta nuestra fe.

En la confesión: nos prepara para convertirnos y luego gracias a su intervención se perdonan nuestros pecados.

En la Unción de los enfermos: es el Espíritu Santo que ayuda en tener la consolación en el sufrimiento.

En la Eucaristía: es él que cambia el pan en el cuerpo de Cristo y el vino en la sangre de Cristo y luego une a la comunidad cristiana reunida en el cuerpo místico que es la Iglesia.

En el Orden Sacerdotal: por el espíritu santo que se consagran los nuevos ministros de la Iglesia en los 3 grados de diaconado; sacerdocio o obispo.

En el matrimonio: el espíritu santo santifica el amor entre los esposos en un sigilio con Cristo para mantenerse en la fidelidad.

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Hoy ya no hay torre de Babel, en la que cada uno habla su propio idioma, todos entienden el lenguaje del amor. Nosotros, debemos vivir nuestra vida ordinaria en estado de misión, cuando conversamos con un amigo, nos comprometemos en algo social, cumplimos en nuestro puesto de trabajo, en todo debe estar presente el sentirnos enviados. Para realizar esta misión contamos cada uno con una serie de dones, que hemos de poner al servicio de toda la comunidad: “Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.

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