La Palabra 139

Uno de los conquistadores más grandes que el mundo ha visto fue el rey de Macedonia Alejandro Magno. Se cuenta que en su ejercito tenía un soldado que también se llamaba Alejandro, pero era un hombre con muchos vicios. El rey sintió que este soldado lo estaba deshonrando por su mala vida. Por eso un día le llamó exigiéndole: “Oye lo que te voy a decir: o cambia tu nombre o cambia tu vida.” Esta historia sirve para cada cristiano bautizado que no sabe honrar la dignidad de ser bautizado. Querido cristiano: o cambie tu nombre o cambie tu vida.

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Con el Bautismo del Señor se complementa la Manifestación del Hijo de Dios en este tiempo navideño. El Bautismo es un momento central en la vida de Jesús. Con el Bautismo suceden dos cosas: Primero baja el Espíritu Santo. El Espíritu Santo consagra a Jesús para cumplir la misión de salvar a la humanidad: Misión de ser profeta, sacerdote y Rey. Segundo, se oye la voz  del Padre: “Tu eres mi Hijo, el amado, el predilecto.” El arzobispo de Nueva York Fulton Sheen decía: Jesús entró en el agua como lo conocíamos (Hijo de María) pero salió como era desde siempre: Hijo de Dios en la forma de un ser humano

En nuestro bautismo lleguemos a ser hijos de Dios. Es un nuevo nacimiento y somos adoptados por Dios Padre. Con el bautismo nuestra historia se convierte en una historia de amor con Dios. Es el mejor regalo de parte de Dios y se nos ofrece la paz para vivir en luz y ya no en tinieblas. Se nos ofrece a la Iglesia como Madre para caminar en el camino de la santidad. A través de esta gracia sacramental podemos tener un futuro mejor.

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El bautismo no tiene que quedarse en una foto de recuerdo, sino lleva compromisos. El primer deber es reconocer nuestra dignidad como cristianos. El regalo que Dios nos da en el bautismo es la fe. El segundo compromiso es ser misionero llevando a Cristo a los demás. El mismos Papa nos recuerda en uno de los textos que más han sonado últimamente: “La Iglesia en salida es una Iglesia con las puertas abiertas. Todos pueden participar de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden integrar la comunidad, y tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera. Esto vale sobre todo cuando se trata de ese sacramento que es la puerta, el Bautismo. La Eucaristía, si bien constituye la plenitud de la vida sacramental, no es un premio para los perfectos, sino un generoso remedio y un alimento para los débiles. Estas convicciones también tienen consecuencias pastorales que estamos llamados a considerar con prudencia y audacia. A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas” (Evangelii Gaudium, nº 47).

El bautismo es un serio compromiso como lo fue para Jesús, bautizar por tradición o costumbre no deja de ser un contrasentido. Como bautizados trabajemos también a favor de la justicia, como hacía Jesús quien pasó haciendo el bien.