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No hay Dios sin Cristo, no hay Cristo sin carne y no hay carne sin llagas. Para llegar a Dios hay que empezar por las llagas. Esto se llama transfiguración.

Del desierto que hemos contemplado el domingo pasado, hoy la liturgia nos lleva a las alturas de la montaña. Es también lugar de encuentro. Y es el encuentro entre la cruz y la gloria, entre el sufrimiento que tenía que padecer Jesús con el triunfo de la resurrección.

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En la primera lectura Dios le hace la promesa a Abrahan, viendo hacia el cielo y contando las estrellas. Y Abrahan cree. Lo mismo les pasa a los apóstoles quienes suben el Tabor. Pasan por una experiencia de fe al ver a Jesús transfigurándose. ¿Qué implica la transfiguración?

1. No hay gloria sin la cruz. La tragedia más grande para el mundo moderno es querer un Cristo sin la cruz, una vida sin sacrificios, el premio sin la prueba. La tentación es ser como Pedro que quería quedarse arriba haciendo las chozas. En este año de la misericordia estamos dando cuenta cuanto es importante estar con la gente, bajarse a tocar las llagas y buscar de sanarlas. El camino será largo y deberá atravesar la oscuridad de la muerte, hasta llegar a la luz de la vida en la resurrección, es el camino de la Cuaresma.

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2. No hay cruz sin gloria. En el evangelio damos cuenta que Jesús nunca está sin su cruz. Pero al mismo tiempo la cruz nunca está sin la resurrección. La transfiguración quiere demostrarnos lo que iba a pasar en el Calvario y luego la victoria. El sufrimiento es por poco tiempo, la gloria es para la eternidad.

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Todos los seguidores de Jesús estamos llamados a vivir esta experiencia de transfiguración o transformación, nos lo dice San Pablo en la segunda lectura: “El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa”. El encuentro con Jesús nos cambia, y es esencial el orar, el cultivar la amistad, sentirnos como los tres apóstoles, ante ese misterio, oír la voz del Padre que nos dice: “Este es mi Hijo, el escogido; escúchenlo”.

Con humildad ahora, debemos de bajar de la montaña donde hemos contemplado a Cristo, para unirnos a los hombres que luchan por una sociedad mejor. No tengamos miedo, tampoco nos escondamos en el individualismo. Escuchemos el punto de vista de los otros, dialoguemos y demos testimonio de que Jesús es nuestra energía, y que la Pascua ya está en marcha.