El llamado que nos hace Dios se refleja en las dos historias que leemos hoy. Samuel (primera lectura) supo responder al llamado, ayudado por Elí. Mientras que Andrés descubre a Jesús, ayudado por Juan el Bautista. Ambos supieron responder con fidelidad.

Pero lo que se destaca en el Evangelio de hoy es que la fe es transmitida no con una enseñanza sino como una verdadera iniciación, “un encuentro personal con Jesús Cristo”.

Juan el Bautista presenta a dos de sus discípulos a Jesús y luego uno de ellos, Andrés, presenta su hermano Pedro a Jesús diciéndole “Encontramos al Mesías”. Este contacto personal desapareció sistemáticamente en la forma en que transmitimos la fe en nuestras comunidades. La transmisión de la fe (más que todo en nuestras catequesis) se ha convertido en un proceso mecánico que consiste principalmente en enseñar el catecismo o nuestra religión y la participación en la vida sacramental.

Este proceso carece de los fundamentos de una verdadera “iniciación” a la experiencia de Jesucristo como salvador.

Jesús puede ser experimentado como salvador si toca nuestra vida y responde a nuestras necesidades básicas, problemas y consultas. Este rico proceso de iniciación a la fe animó las primeras comunidades que buscaban ante todo hacer discípulos de Jesús en lugar de simplemente bautizarse como cristianos.

Esto exige un replanteamiento profundo de la iglesia en sí y una reinvención de su misión. El peor declive que puede sufrir la iglesia no es la disminución de su número, sino la falta de conexión con el alma del mundo.

El desafío que tenemos por delante hoy en día es dejar que el mensaje del evangelio se haga eco de los sueños y aspiraciones de tantos buscadores, siendo, como Andrés, catalizadores para que encuentren al Mesías.