La Palabra 184

Concluyamos hoy este año litúrgico, en el cual nos ha acompañado el evangelista Lucas. Y también se cierra el año de la Misericordia con la gracia que nos acompaña.

Hoy resuena el grito de uno de los delincuentes que estaba crucificado al lado de Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”. En esta cumbre esta un Rey. No con corona de oro, ni con cetro de perlas, sino humillado y sirviendo al ser humano por quien él se había encarnado. El último cuadro de Lucas es una escena llena de misericordia: allí se nos enseña de qué manera Jesús es Rey y cómo su reinado es coherente con su anuncio continuo de la misericordia. Y quien al final nos enseña de este Reinado es uno de los delincuentes.

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Para Lucas el pueblo se hace “testigo” de los últimos instantes del crucificado y lo contempla. Antiguamente en la coronación de un rey, sus cortesanos desfilaban solemnemente frente a su nuevo soberano para expresarle su reconocimiento y así felicitarlo y exaltar sus virtudes. Frente a Jesús crucificado sucede todo al revés. Primero son las autoridades quienes se burlan de Jesús y lo tratan de ridiculizar. Jesús, desde su nacimiento era anunciado como aquel que había venido “para buscar y salvar lo que estaba perdido”. Por eso en este momento tan cruel la gente quiere ver si su fuerza salvadora era verdadera.

El momento del brindis lo hacen los soldados, ofreciendo vinagre. En realidad ellos tratan de extenderle la agonía y el sufrimiento y no es tanto un acto de caridad para quitarle la sed sino un acto más de burla. El rey, quien debía ser sano y fuerte, es ahora un pobre hombre débil. Aquel que lleva encima de su cabeza el título: “Rey de los Judíos”. Los insultos a Jesús crucificado llegan su punto más alto: lo hace uno de los criminales que está también crucificado. Entre la blasfemia le dice: “Salva a nosotros también”. La realidad de la cruz parece desmentir claramente su pretensión mesiánica.king2

Cuando todo parece perdido, cuando duele el silencio de Jesús, de repente interviene el otro criminal que acompaña a Jesús en su condena para darle un giro importante a la comprensión del “reinado” de Jesús. Y aquí encontramos tres gestos significativos del criminal “bueno”:

Primero lo adora: en el momento más difícil le dice a su compañero: “Ni siquiera temes tú a Dios”. A Jesús lo trata de Dios. Él lo proclama como el Rey y le pide que lo deje entrar en su Reino.

Segundo cree en Jesús: Mientras todos lo insultaban, este hombre le tiene toda la confianza a Jesús. Mientras todos, incluyendo los apóstoles, lo habían abandonado, el “buen ladrón” entrega su vida a Jesús admitiendo sus pecados y reconociendo la inocencia de Jesús.

Tercero le pide ser parte de su Reino: Jesús vino a salvar lo que ya estaba perdido. El mal delincuente pidió salvación temporal; el bueno pidió la salvación eterna. “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.”. El buen ladrón llegó a ser el primer ciudadano del cielo, el primer santo canonizado por el mismo Jesús y no por un Papa; el primer invitado al Reino de los Cielos.