La Palabra 156

Llegamos al “gran final” de esta historia de la Resurrección. La Ascensión completa la Resurrección, Jesús culmina su proceso, viene del Padre y vuelve al Padre, viene del amor y vuelve al amor. El momento de la partida está hasta con emociones encontradas. En esta historia narrada por Lucas hay muchos signos:

1. Jesús sube a la derecha del Padre: más que un movimiento es un acto de amor. Como Jesús había “bajado” haciéndose hombre como nosotros para salvarnos, despojándose de todo, humillándose y tomando la condición de esclavo, ahora Dios Padre lo eleva sobre todo para ser glorificado: “y toda lengua proclame Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” como la leemos en el cantico de Pablo a los filipenses.

the-ascension-of-jesus-39614-mobile2. Jesús se desprende de nosotros como cuando un papá se desprende de su hijo enseñándole cómo manejar una bicicleta. Al principio es bello andar en bicicleta con papá. Luego uno empieza a aprender poco a poco pero quiere a papá a su lado. Pero uno nunca aprendería de manejar si no se atreve de intentar solo. Al principio hay algunas caídas y hasta bonitos golpes. Pero luego uno aprende bien. Y así quiso Jesús. Después de enseñarnos como vivir en comunidad, ahora lo dejó en manos de sus apóstoles manejar su Iglesia. Hay caídas pero esta rueda sigue girando lo que hoy llamamos la Iglesia de Cristo.

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3. En el momento de la ascensión, los discípulos se quedaron viendo hacia arriba: hasta que Jesús se desapareció entre las nubes. Pero los ángeles rápido les advierten que tenían regresar a Jerusalén: a Jesús hay que encontrarlo de nuevo aquí en la tierra: en los más desposeídos, en los pobres y quien tiene necesidad. Ascender es bajar, increíble paradoja, que nos invita a ser servidores, a entregarnos, a defender la vida de los más pequeños, a ser personas para los demás, y eso es crecer. No es cuestión de quedarse “plantados mirando al cielo”, es también tiempo de estar atentos a los clamores que ascienden hasta el cielo desde la tierra, en los gritos y angustias de muchas personas que extienden sus manos a lo alto, implorando salvación.

He oído la historia de una imagen de Cristo muy venerada en un pequeño pueblecito… En tiempo de la Segunda Guerra una bomba destruyó la Iglesia. Pasado el acontecimiento, los fieles empezaron a buscar por entre las ruinas los restos mutilados del crucifijo. Todo encontraron, menos las manos. El Artista que iba a reparar la imagen dijo que él le haría unas manos nuevas. El Pueblo no lo admitió: todos querían las manos “auténticas” del Crucificado….

Por fin se les ocurrió poner al pie de la imagen del Cristo sin manos, una leyenda que decía: «Ustedes son mis manos». ¡Cuán cierto es esto¡ nosotros somos las manos de Cristo, en nuestro ambiente: en la familia, en el trabajo, en la vida social…

Dios no tiene manos, sino nuestras manos, para hacer hoy su labor;

Dios no tiene pies, sino nuestros pies, para dirigir a otros en su camino…

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