La Palabra 94

Subir para bajar, es la experiencia de la montaña. Estoy con unos amigos de mi país y acabamos de subir hoy el volcán Pacaya. Una experiencia hermosa aunque muy fatigosa y nada fácil. Pudimos en el camino ir explorando la belleza del contorno hasta llegar a la cima donde se aprecia la fumarola. Al pasar un poco de tiempo arriba, ya era tiempo de bajar.

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Subir la montaña de la Cuaresma es admitir y valorar críticamente nuestra vida que necesita conversión y cambio. Pero al mismo tiempo esta historia de la transfiguración, que leemos en este segundo domingo de Cuaresma, en lo alto de la montaña nos anima a estar despiertos para ver las horas y momentos en que se nos abre el cielo, sale el sol, o nos iluminan las estrellas. El que ha subido al monte puede recordar agradecido muchas experiencias, que se nos dan en nuestra vida como un regalo del cielo. Se impone la belleza, mirar desde allí los valles, contemplar y después saber que hay que desandar el camino hacia la vida cotidiana. Habrá que subir con frecuencia para estar con Él, escucharle y renovar las fuerzas para nuestro camino. Subir y bajar, ese es el camino.

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El no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entrego a la muerte por nosotros”. La fe es subir al pico más alto de la montaña para hacer allí el sacrificio total de uno mismo, es camino de renuncia y de muerte. Es la necesidad de dar muerte a algo querido, para dar vida y trascenderse a lo nuevo, (esto es la Cuaresma que termina en la Resurrección). La novedad es la vivencia del Evangelio.