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A los dos años de su elección, el Papa Francisco nos sorprende de nuevo. Llama para fin de este año un jubileo especial: “Es un camino que inicia con una conversión espiritual. Por esto he decidido convocar un Jubileo extraordinario que coloque en el centro la misericordia de Dios. Será un Año Santo de la Misericordia, Lo queremos vivir a la luz de la palabra del Señor: ‘Seamos misericordiosos como el Padre‘”.

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A la luz de las lecturas de este domingo, la misericordia es el tema con sobresale en modo especial en la conversación de Jesús con Nicodemo de noche. Este hombre redescubre la luz hasta en la muerte de Jesús. Es el que vino de noche a buscar la luz, al que le dice Jesús que tiene que nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Sin Espíritu no hay novedad, ni renovación de nuestras actitudes o superación de nuestros pecados que rompen la alianza y sin esta novedad de vida, me temo que no hay cristianismo.

Tenemos dos frases que hoy nos sacuden: San Pablo dice a los Efesios en la segunda lectura: “Dios, rico en misericordia por el gran amor con que nos amo: estando nosotros muertos por los pecados, no ha hecho vivir en Cristo, nos ha resucitado con Cristo”. Y en evangelio: “Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amo Dios al mundo, que entrego a su hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

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La Cuaresma es el tiempo de la misericordia, del amor de Dios que es fiel y nos hace revivir de tantas actitudes muertas, de la armonía perdida, reanimándonos a nosotros y a nuestras comunidades muchas veces dormidas o moribundas.

Propongo leer esta meditación como oración:

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Mirando la cabeza de Cristo en la cruz, coronada de espinas, sanarán y se purificarán nuestros malos pensamientos.

Mirando el rostro desfigurado y abofeteado de Cristo en la cruz, sanarán nuestros deseos de vanidad ridícula.

Mirando los ojos hinchados de Cristo en la cruz, nuestros ojos se cerrarán a indecencias.

Mirando la boca reseca de Cristo, sabremos dominar nuestra gula y no empuñaremos la espada de los chismes y murmuraciones.

Mirando las manos perforadas de Cristo en la cruz, desaparecerán nuestras ambiciones y deseos de tener y poseer.

Mirando el costado perforado de Cristo en la cruz, nuestros odios se convertirán en perdón.

Mirando las rodillas taladradas de Cristo en la cruz, crecerá nuestro deseo de arrodillarnos y orar sin cesar.

Mirando los pies de Cristo clavados en la cruz, podremos reparar nuestros pecados por haber caminado por veredas de muerte.

Mirando, en fin, todo el cuerpo de Cristo magullado y azotado, se nos quitarán las ganas de vivir en confort, comodidad, placeres y lujos.