La Palabra 97

El texto del Evangelio de hoy nos sitúa en las puertas de la Semana Santa y nos presenta primeramente una actitud que tenemos que tener antes las fiestas que se nos avecinan; esa actitud es la búsqueda. “Quisiéramos ver a Jesús”, el ser humano es un ser que busca: belleza, felicidad, amor, sentido, esperanza, respuestas, plenitud, verdad.

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Y en esa búsqueda queremos una referencia que nos sirva de orientación, que aclare nuestra oscuridad, que motive nuestro esfuerzo, que nos haga crecer. Hay muchas ofertas de respuesta. La de Jesús es la cruz: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre”, lo suyo es ser grano de trigo, no amarse a sí mismo, ser servidor. No se asemeja mucho a lo que quieren oír las gentes, por eso hablamos del misterio Pascual. Quien sólo piensa en sí mismo está equivocado, quien piensa la vida como una realidad que afecta a todos y en la que estamos embarcados de modo comunitario, está en lo cierto. Quien se encierra en sí mismo y se sirve de los demás se frustrará, quien piensa en los demás y busca el modo de ayudarles, ese encontrará lo que buscaba. Es una respuesta paradójica no basada en la fuerza del poder, sino en la fuerza del amor y en la debilidad de la muerte: “si muere, da mucho fruto”. Aquí la muerte no es la negación de la vida.

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Como diría Monseñor Romero, ahora que se le va a beatificar  y que el próximo martes 24 celebramos el 35 aniversario de su asesinato: “La gloria de Dios es que el pobre viva”. Izabal es también tierra de mártires. La sangre de los 25 personas quienes murieron por Jesús en esta tierra de Dios, hoy es semilla para toda la gente que se entrega a misionar.

Celebrar la Semana Santa, hacer la alianza con Dios, estar en búsqueda, renacer a la vida nueva, es el fruto de nuestra propia muerte, de una renuncia total a un modo de existencia basado en el egoísmo (amar la propia vida) para comenzar a andar por el camino de la entrega total (perder la vida). Como Jesús, también nosotros a menudo tendremos la tentación de decirle a Dios: “¡Líbrame de esta hora!”. Pero también como él tendremos que afirmar de inmediato: si para esto he caminado toda mi vida, he buscado, para esto he nacido: para que el amor resplandezca en mi vida. Esto es lo que celebramos comunitariamente todos los días en la Eucaristía.