Divina Misericordia

La Palabra 100

1. Cuando la cera se acerca al fuego, se ablanda de inmediato. El barro, por lo contrario, se endurece. Ante las maravillas de Dios en nuestra vida, a veces nuestro corazón es de cera y a veces de barro. Hay muchas formas de arte. El más difícil de cumplir y obrar es el arte de perdonar. Los discípulos estaban con miedo: signo es estar encerrados. El miedo que algo más va a pasar. El perdón de Dios se convierte en un hecho a través del sacramento de la reconciliación. Es instantáneo. Es también un proceso: el camino progresivo de conversión.

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2. La confesión es el sacramento de Pascua. Es el sacramento de la resurrección. Es sacramento de perdón, de paz, de esperanza y de la misericordia divina. Lo podemos ver en la forma como Jesús se presenta a los discípulos después de su resurrección, después que todos lo habían abandonado. Confesarse es encontrarse con la misericordia a través del sacerdote. El sacerdote también conoce la misericordia de Dios porque es pecador y ha recibido perdón. El sacerdote es un signo vivo de la misericordia divina. Lo que uno recibe, lo lleva a los demás, como hicieron los apóstoles. Entonces la confesión es la experiencia personal con Jesús.

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3. No hay Pascua sin comunidad, no se puede vivir la Resurrección si no es con otros. La alegría es el signo de la presencia de Cristo resucitado, es la victoria de la vida sobre el pesimismo y la tristeza de la muerte. La alegría de la Pascua es el gozo de compartir, como nos lo recuerda la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles: “Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor”. Sólo en comunidad podemos palpar la presencia de Jesús como un bien común, y también su paz y su alegría. Quien no viva con sus hermanos ni comparta la alegría fraterna, no tiene la paz ni la alegría del Señor.