La Palabra 109

El Papa Juan XXIII, declarado santo hace un año, inició una maravillosa reforma de la Iglesia gracias al Concilio Vaticano II que él invocó. Aunque lo eligieron cuando ya tenía una edad avanzada, gracias a él la Iglesia comenzó una gran renovación.

Pero él decía que el autor de esa obra era el Espíritu Santo, que quería transformar su Iglesia. Las primeras noches después de ser elegido, no podía dormir pensando en su tremenda responsabilidad. Entonces se preguntó: “¿Quién guía la Iglesia, yo o el Espíritu Santo?”. Y se respondió: “El Espíritu Santo, por supuesto”. Entonces pudo dormir tranquilo.

 

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Hoy en el evangelio encontramos dos parábolas pequeñas pero con gran significado sobre el Reino de Dios. La primera parábola nos habla de una semilla que fue plantada por un hombre, “el duerme de noche y se levanta de mañana y la ve crecer, la tierra va produciendo su cosecha ella sola”. San Pablo dice algo similar: Yo planté, Apolos regó pero es Dios que ha dado el crecimiento. Lo más importante siempre lo hace Dios. Como lo afirmó el Papa bueno Juan XXIII. Es El que está al timón de este Reino, pero también necesita de nuestra colaboración en la construcción de este Reino.

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La segunda parábola nos apunta otro aspecto del Reino, es como un grano de mostaza: “la semilla más pequeña, pero después, brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. El Reino es también sorprendente. Dios tiene sus caminos para llegar a todos los hombres, el Reino es de Dios, no perdamos nuestra capacidad de asombro, Él es el que hace crecer, el que salva. No queramos explicarlo todo, hay caminos en la historia y en la vida personal, que nos demuestran que con poco, se puede conseguir mucho, que lo que parecía insignificante, transforma muchas realidades. Como lo hizo con la vida de la Beata Madre Teresa.

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