La Palabra 161

Hoy el evangelio nos presenta a dos personajes con quienes podemos identificarnos. Esta la mujer pecadora quien entra en una casa llorando a los pies de Jesús, y está el dueño de la casa, Simón, un fariseo.

La mujer no dice ni una palabra. Solo llega a lavar los pies del Señor con sus lágrimas, se los seca con sus cabellos y se los unge con perfume. Esta mujer ama a Jesús porque en él ella ve el rostro de la Misericordia. San Pedro en su primera carta dice: “El amor perdona muchos pecados”. Y en este amor se muestra la fe de esta mujer, una fe que llega a salvarla: La fe se ve, se muestra y se vive.

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Cuantas veces yo quisiera sentirme hoy como la pecadora, liberado después de haber pecado. Quisiera amar también como ella. A veces no es fácil humillarse. Pero los tres gestos de esta mujer demuestran que ella fue impactada por la misericordia. Llora, limpia e unge. Así se limpian los pecados en el corazón.

Pero a veces caemos también en la tentación de ser como Simón el fariseo. Simón tiene una actitud hipócrita y orgullosa. El abre la puerta a Jesús, lo deja entrar en su casa, pero su actitud de recibirlo no es la adecuada. Cuantas veces yo abro la puerta al Señor pero a mi manera. Lo pongo en el rincón que me conviene. Simón no se deja alcanzar por la misericordia de Dios. Se queda solo mirando a quienes están en el dolor del pecado, en esa búsqueda de Dios. Igual a él caemos en la tentación de criticar y cuestionar. Nuestro amor, debe desbordarse, no sólo hacia Jesús, sino también, hacia los que buscan el perdón de Dios. Los brazos de los que participamos en el banquete con Jesús Eucaristía, deberían estar abiertos a quienes necesitan de su amor y misericordia.

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Impresiona, por el contrario, la ternura con que Jesús trata a esta mujer, a la que tantos explotaban y todos juzgaban. Ella encontró, por fin, en Jesús unos ojos puros, un corazón capaz de amar sin explotar. En la mirada y en el corazón de Jesús recibió la revelación de Dios Amor. Ya no es escandaloso.

Yo tengo también bastante de Simón y en ocasiones no entiendo la lógica de Jesús.

“Donde abundó el pecado, sobreabundará la gracia”. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.