La Palabra 111

Hoy Marcos nos introduce una historia dentro de otra, para hacernos caer en la cuenta, de que Jesús no sólo es el sanador del cuerpo, sino el señor de la vida y en ambos casos resaltando la fe de los protagonistas. La historia sigue con la del domingo pasado cuando Jesús calmó las aguas.

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“Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años”, la situación de esta mujer era desesperada. Para los judíos la sangre contamina y uno es considerado impuro. Por eso en la historia del Buen Samaritano, el sacerdote y el escriba no quisieron tocar a la persona con sangre e “impura”. Para Jesús no hay impuros. Lo que vale es la fe.

En el otro milagro de la hija de Jairo encontramos que Jesús escoge a Pedro, Santiago y Juan, los mismos que le acompañarán en la transfiguración y en Getsemaní, como testigos cualificados de que la muerte, no tiene la última palabra ante el poder de Dios, que nos llama a la vida. Aquí sobresale también la fe. Marcos pone en boca de Jesús una sola palabra: “Levántate” y la niña vuelve a la vida, se levanta, camina, come… Como hizo Jesús después de la resurrección: se levanta, camina con los discípulos de Emaús, come pescado con los apóstoles para demostrarles que no es fantasma… No quiere que estemos allí como muertos, con gritos, llantos y estrépitos, nuestra misión es hacer presente el Reino de la vida, por eso los testigos.

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La fe es un encuentro o como la llama Jean Vanier “el sacramento del encuentro“. Y esto exige esencialmente una sola cosa: que yo esté en Jesús y que Jesús esté en mí. Requiere la purificación de nuestra vida. Hoy Jesús hace este encuentro también con nosotros. Abrimos la puerta para que Él entre.