La Palabra 115

Hace ya bastantes años, en el primer viaje a Brasil de Juan Pablo II, cuando se bajó del avión en el aeropuerto de Río de Janeiro, recién llegado de Roma, se encontró con una multitud que había acudido a darle la bienvenida. Llevaban las consabidas pancartas. De entre todas había una que sobresalía por la sencillez y la claridad de su mensaje. Decía algo así como “El pueblo tiene hambre”. Un dato sencillo y directo. Un dato, en principio, nada espiritual y sí muy material y físico. En cuatro palabras la pancarta explicaba la triste realidad del pueblo brasileño, su pobreza, su abandono.
El hambre de los pueblos sigue siendo hoy un dato básico. Es una necesidad humana primordial: comer, recibir la alimentación que asegura lo material de la vida pero que es la condición necesaria para todo desarrollo, para crecer como personas, para ser libres, para ser responsables. Sin comida no hay vida de ningún tipo. Sin comida no hay futuro ni esperanza posible.

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Del hambre a la Eucaristía
El hambre se convierte este domingo en el dato básico que nos hace comprender el Evangelio. Hoy comenzamos un grupo de cinco domingos en los que se va a leer el discurso del pan de vida del evangelio de Juan. Los próximos domingos el lenguaje se hará más complicado. Juan elabora toda una teología sobre Jesús, pan de vida, que sirve de fundamento a nuestra forma de pensar y hablar de la Eucaristía. Pero conviene no olvidar que todo ese discurso tiene su fundamento en el relato de este domingo. Jesús multiplica los panes y los peces para saciar el hambre de la gente que le rodea.
Así pues, el dato básico para Jesús es el mismo que muchos años después recibió a Juan Pablo II en Río de Janeiro: el pueblo tiene hambre, hambre material, hambre de pan y pescado, hambre del que se sacia comiendo. Ese es el hambre primero, elemental, obvio, que pretende saciar Jesús. No es necesario entrar en profundas disquisiciones que oculten y disimulen ese deseo de Jesús. El primer y más prístino signo de la Eucaristía es este momento en el que Jesús da de comer al pueblo que tiene hambre.
El mejor destino que se le puede dar al pan de las primicias, al pan que se consagra al Señor (primera lectura), es dárselo a la gente, que coman, que sacien su hambre. Esa la mejor forma de dar gloria a Dios.
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Eucaristía es compartir la vida
La mejor eucaristía es la que celebramos cuando damos de comer a los que tienen hambre. Cerca de mi casa hay una religiosa que ha montado un comedor para los inmigrantes. Todos los días da de comer a doscientas personas. Hay muchos voluntarios que colaboran con ella. Ella coordina, organiza, trabaja, sirve, atiende a todos. Y todos se van de su casa saciados.

Me encanta imaginarla como la que preside una eucaristía, una maravillosa liturgia. El olor de la comida es el mejor incienso. Su palabra acogedora, su servicio, es la figura del presidente de la celebración. Todos los que allí trabajan y los que van a comer forman la comunidad que celebra y comparte. Unos sirven y otros son servidos. Los que tienen dan de lo que tienen y los pobres reciben con gozo. ¿No es eso el Reino? ¿No es eso formar la familia de Dios? ¿No está cumpliendo esa religiosa una auténtica función sacerdotal? ¿No es su comedor una celebración continua de la eucaristía?
He puesto un ejemplo y podría haber puesto muchos. El “cerca de mi casa” estoy seguro de que lo pueden usar muchos lectores de estas líneas para contarme y contarnos las muchas eucaristías que se celebran en el mundo, eucaristías sencillas pero llenas del más profundo sentido, eucaristías en las que se da de comer a los que tienen hambre, eucaristías en las que se reúne a los alejados en torno a la misma mesa.
Como dice Pablo en la segunda lectura, “Un solo cuerpo y un sólo Espíritu…” y podríamos añadir “una sola mesa” porque una sola es el hambre de vida que tiene la humanidad. Y porque la voluntad de Dios es que nadie sea excluido de esa mesa.
“El pueblo tiene hambre” es la realidad que le hizo a Jesús dar de comer a los hambrientos, a los alejados, a los excluidos. Así los acercó, los incluyó en la familia de Dios, los alimentó y los llenó de vida. Este sigue siendo el primer deber del cristiano si quiere seguir a Jesús, si quiere hacer de su vida una Eucaristía, si quiere hacer vida y verdad el sacramento que celebramos cada domingo.