La Palabra 116

Hace una semana vivimos un retiro juvenil durante tres días. Una de las metas que introdujimos a la luz de la nueva encíclica del Papa era que cada joven participante tenía que traer su plato y vaso personal al retiro. Allí aprendieron a servirse cada uno según la necesidad sin tirar nada de comida y luego con responsabilidad lavar sus utensilios. Fue una experiencia nada de fuera del mundo pero donde pudieron apreciar más la comida que se recibe todos los días en casa.

Jn.-6,-24-35

Hay personas que se conforman con tener el plato lleno, con llenar la panza todos los días. Y nada más. En el evangelio de hoy leemos que Jesús les dio de comer y ellos se quedaron conformes y satisfechos. Siguieron a Jesús pensando que aquel banquete gratuito se podía repetir y repetir. ¡Todas sus aspiraciones estaban cumplidas! ¡Todos sus sueños satisfechos!

Pero Jesús no dejaba a nadie en su sitio. Su mensaje invitaba a salir de uno mismo, a levantar la cabeza y mirar al horizonte, a descubrir el camino que tenemos por delante, lleno de desafíos y peligros pero también de oportunidades. Por eso, a los que se le acercan en busca de más pan –aunque sea duro– los provoca con sus palabras: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna“.  Dicho con otras palabras del mismo Jesús: “No sólo de pan vive el hombre”. O traducido a términos más laicos  pero llenos de sentido religioso: la persona humana necesita el pan material pero también el pan de la justicia, el pan del amor, el pan de la fraternidad, el pan de la libertad. La vida de la persona no es sólo comer, es mucho más.

Historia-multiplicacao-03-cor

Jesús llama a los que le escuchan a romper el ciclo repetitivo en el que pueden caer las personas: comer, saciarse, descansar, trabajar, comer, saciarse, descansar, trabajar. ¡Vivir para comer y comer para vivir! Eso no es todo hay algo más. Hay que levantar los ojos y descubrirlo. El secreto está ahí, a la vista. El secreto es que el milagro que experimentaron unos días antes aquella gente –la lectura del Evangelio que escuchamos el domingo pasado– no consistió sólo en la multiplicación de los panes y los peces. El milagro fue también la fraternidad creada, la capacidad de Jesús de sentar a todos en paz y hacerlos compartir los mismos alimentos. Por un momento nadie pensó si el vecino era puro o impuro, si era digno de comer con él o si había que excluirlo de la comunión y echarlo de la comunidad.

18-852854

Aquello fue un sueño. El más antiguo sueño de la humanidad hecho realidad por un momento. También fue el sueño de Dios para nosotros, su anhelo más profundo: que seamos una familia, que compartamos lo que tenemos en justicia y fraternidad. Eso es la eucaristía: vivir y experimentar el sueño de Dios para nosotros.
¿Y dónde está ese pan? Ahí viene la respuesta de Jesús. Clara y contundente. “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca más tendrá hambre.