Aparte de una semana tan turbulenta políticamente en Guatemala, todos hemos visto con tanta tristeza la foto de un niño de Siria muerto en una playa en Turquía. Tirado con los brazos abiertos y sin vida. Él iba con sus papas y otro hermano en alta mar escapando la guerra que aflige a su país. Pero no pudo llegar al sueño de una tierra prometida. Solo se salvó el papa. El niño murió ahogado frente a la mirada de tantos países que cierran sus fronteras a tantos refugiados de las guerras y hacen oído sordo al clamor de tantos inocentes que mueren a diario por causa de tantas injusticias.

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No hay peor sordo que el que no quiere oír” dice el refrán. La incomunicación es parte de la globalización de este mundo y uno de los problemas más graves.

En el evangelio de hoy encontramos a un hombre sordo y mudo que es llevado a Jesús para que sea sanado. Es la misma situación que nos pasa a nosotros donde muchas veces somos incapaces de comunicarnos y dialogar.

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A los que se preparan para el Bautismo se les llama “catecúmenos”, palabra que significa: “los que escuchan”, o sea, los que tienen los oídos abiertos. Se les permitirá en el futuro escuchar la Palabra de Dios y hacer profesión de su fe, soltándoseles la lengua para proclamar el Padrenuestro y el credo. Toda la preparación del catecúmeno iba encaminada a liberar al hombre, abriendo su oído y soltando su lengua, reviviendo lo que nos narra hoy Marcos. Dos pasos son pues importantes para certificar el Bautismo y vivir el Evangelio:

  1. Terminar con la sordera: Aprendiendo a escuchar, que no es lo mismo que oír. Debemos escuchar la Palabra de Dios, a las personas, o como nos dice Santiago en la segunda lectura, a los pobres. El que escucha, se deja invadir en su interior por la palabra del otro, reflexiona sobre el clamor de las personas y los pueblos oprimidos, ora la palabra tratando de encontrar el punto de vista de Dios, que hace que una palabra sea divina. Se convierte en catecúmeno, en discípulo misionero.
  2. Ser libres para hablar: “Se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad”. En un mundo de chismosos es tan difícil hablar. No podemos guardar silencio ante el dolor de los explotados, de los que sufren hambre, de los inmigrantes… y no proclamar la Buena Noticia. Esa es la misión que recibimos el día de nuestro Bautismo y que actualizamos en la Eucaristía. Pero no debemos conformarnos, con abrir la boca para decir buenas palabras, sino que tenemos que abrir también el corazón.

La fe nos abre a la Palabra y el amor de Dios. Y esta experiencia es irresistible. Un creyente no puede vivir como si no pasara nada. Porque creemos no podemos callar. Tenemos que hablar. Como hicieron tantos esta semana en Guatemala y se vieron los resultados.