La Palabra 122

¿Quién es Jesús? Es la pregunta que durante siglos muchos han intentado dar a través de la pintura, música, poemas, escritos y escultura. Hoy vuelve la pregunta en este texto: “¿quién dice la gente que soy yo?”. Este evangelio del domingo podemos dividirlo en dos partes: en la primera, Jesús nos dice quién es él. En la segunda, él mismo indica quién somos nosotros en cuanto seguidores suyos.

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En nuestro recorrido al interior del Evangelio de Marcos en este año litúrgico, llegamos al corazón del Evangelio: el camino de Jesús y sus discípulos hacia Jerusalén, un camino en el cual Jesús se dedica a la formación de sus discípulos.

Ocurre ahora, por primera vez, que Jesús mismo se interese expresamente en las opiniones de la gente. Notemos cómo para todos Jesús es verdadero profeta: uno mandado por Dios y difusor con autoridad de la palabra y la voluntad divina. Jesús no se interesa por estas opiniones sino que sigue adelante con otra pregunta. Da la impresión de que la primera pregunta lo que quiere es preparar y provocar un contraste.

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Con su afirmación, Pedro expresa la importancia que Jesús tiene para el pueblo de Israel. Lo reconoce como el rey que Dios, según las promesas mesiánicas, le da a su pueblo; el rey que se ocupa como un pastor de este pueblo, conduciéndolo a la plenitud de vida. Jesús es el Cristo, que anuncia que el Reino está cerca y definitivamente establecido y que llama a la conversión y a la fe, y confirma este anuncio con sus potentes acciones de misericordia y de salvación. El es al mismo tiempo el Cristo que da la plenitud de vida no en un triunfo y un reino terreno, sino en el sufrir injusticia y violencia y en su muerte y resurrección.

A Pedro, el escándalo de la cruz no le gusta. Pedro quería hacerse maestro del Maestro. Por eso Jesús lo remite a su puesto de discípulo. Esta orden es como una segunda llamada. Jesús no se confronta en privado con Pedro. Se vuelve hacia los discípulos, los involucra en el hecho y le grita fuertemente a Pedro: “Quita de mi vista, Satanás!”. Jesús le da una orden a Pedro, lo define como tentador y argumenta esto con el pensamiento que domina la mente de Pedro. Con sus palabras, Jesús no rechaza a Pedro, sino que lo reenvía al lugar que le corresponde. Al lugar del seguimiento.

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El seguimiento solamente puede ser total. Seguir a Jesús implica dos caras a la moneda:

a. Negarse a si mismo: Es saber decirse “no” a sí mismo.

b. Tomar la propia cruz: Significaría una invitación a la radicalidad, la cual implicaría la posibilidad de asumir la lógica vergonzosa y humillante asumida por el Maestro: la de la Cruz.

Estoy dispuesto yo a seguirle a Jesús en este mundo de hoy?