La Palabra 128

Había una chica que desde que nació era ciega, y por esa misma razón se odiaba a ella misma porque era ciega. Incluso llegaba a odiar a todos, menos a una persona, a su novio cariñoso. Él siempre estuvo ahí para ella. Un día ella le dijo a su novio que si ella algún día llegara a poder ver el mundo con sus propios ojos, se casaría con su novio.

Un día, alguien le donó un par de ojos para ella y entonces así ella pudiera ver todo, incluyendo a su novio que tan feliz la había hecho. Su novio le preguntó: “ahora que se puede ver el mundo con tus propios ojos, ¿quieres ser mi esposa?”

image44

La muchacha se sorprendió mucho al ver que su novio era ciego también, y se negó a casarse con él. Su novio se fue muy desconsolado a llorar, y más tarde le escribió una carta a ella diciéndole: “Sólo cuida muy bien mis ojos.” Lo que no sabía la chica, es que su novio le había dado sus ojos para que fueran felices juntos, pero la chica ahora al mirar con los ojos, se olvido de mirar con los ojos del alma, que era como ella juzgaba antes de tener una vista.

Cuantas veces nos pasa lo mismo, no sabemos ver con los ojos del alma. Hoy el evangelio nos habla del ciego Bartimeo ciego y mendigo, quien ha ido a acomodarse en el lugar preciso por el que deben pasar los peregrinos. En esta época del año, en el que la gente es más generosa, el ciego espera captar más limosnas. Él ya sabe la estrategia para lograrlas, por eso está allí en su “lugar de trabajo”. Ninguna otra persona curada en el Evangelio ha sido descrita con tanto detalle como ésta.

ciego

El paso del camino de fe de Bartimeo es el “oír”. Él se toma en serio el anuncio: el kerygma. Retomando la parábola del sembrador, vemos cómo con el ciego sucede todo lo contrario: aunque la semilla cae al borde del camino él se hace buena tierra que sabe oír. La “escucha” lo desacomoda, Bartimeo no permanece como el discípulo inmóvil que sabe de todo sobre Dios pero no da pasos significativos en la vida. El encuentro con Jesús cambia radicalmente la vida de Bartimeo, de la ceguera pasa la visión y de la marginalidad en el camino pasa a ser su activo peregrino: un verdadero discípulo.

Bartimeo clama misericordia, es el grito de la fe. Su oración tiene como trasfondo la oración penitencial del Salmo 50.

Bartimeo enfrenta obstáculos. Además de sus dos primeras limitaciones, su ceguera y su
pobreza, es reprimido para que se calle (10,48). Es visto como uno que no tiene valor para
los demás. Y hay dos gestos: tira el manto (lo único que tenía y lo deja para seguir a Jesús) y también “da un salto” que es gesto de confianza total.

Ahora Jesús tiene un nuevo discípulo, quien ha recibido el don de la vista y se caracteriza por su fe.