La Palabra 130

Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos“.

Cuenta la beata Madre Teresa que en cierta ocasión, una mujer le habló de una familia hindú con ocho hijos que no habían comido en varios días: “Reuní inmediatamente todo el arroz que pude y lo llevé a la casa. Aquellos niños estaban al borde de la muerte por inacción y me recibieron con voces de alegría. Su madre cogió el arroz, hizo dos mitades, repartió una a sus hijos y luego se marchó con la otra. Cuando volvió, le pregunté: “¿Dónde has estado”. Y ella respondió: “Hay una familia musulmana en la puerta de al lado, tienen también ocho hijos y tampoco han comido en varios días, como nosotros”.

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Hay dos formas de generosidad: dar y darse.

En la primera lectura Elías pone en dura prueba a una viuda: debía darle todo, a cambio de morir de hambre con su hijo. El pedazo de pan que se le pide es su todo. Y dio ese todo. Su generosidad total fue su alimento y su vida. Y desde aquel día nunca le falto el pan. Esta es la diferencia entre dar limosna y darse. Lo mismo ocurre con la viuda del Evangelio.

Jesús observa, como muchos ricos echan en cantidad para las ofrendas del templo, pero no se deja pasar de largo a los que no son importantes, una pobre viuda que echo dos monedas. No es lo mismo dar lo que nos sobra, que dar lo que necesitamos.

Darse es la donación total de uno mismo, dejamos de poseernos, la alcancía es más bien un símbolo. La verdadera donación es de todo lo que tenemos para vivir, que no hace sólo referencia a las monedas. La viuda por ser pobre, pudo dar; pues dio de su pobreza, de su necesidad, su corazón estaba desprendido antes de traer las monedas. El darse a Dios y a los hermanos es la entrega total de uno mismo y de todos los bienes que se poseen. El cristiano no debe de dar “limosnas” debe de darse a sí mismo, todo entero, por los demás.

Darse no es un problema de cantidad sino de generosidad.

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Madre Teresa sigue contando: “Quisiera contar la historia de una joven que no ganaba mucho dinero, pero deseaba ayudar al prójimo sinceramente. Durante un año no llevó ni compró maquillaje alguno y guardó el dinero que habría gastado en comésticos y ropa. Al cabo de un año, me mandó el dinero ahorrado.” Hay una muchedumbre de personas que sufren soledad, desamor, enfermedades físicas y morales, que constituyen una pobreza mayor que la material y más difícil de solucionar. Si alguien necesita un pedazo de pan, basta ofrecérselo para saciarlo; si necesita descanso, basta una cama. Pero ante un ser humano abandonado, despreciado, no basta la ayuda material, se necesita una ayuda afectiva y espiritual que es mucho más difícil.

Hay que darse en la familia, en el trabajo, en el barrio y en la comunidad parroquial. Vivamos como aquellas viudas de Sarepta y de Jerusalén, pobres, pero con un corazón maravillosamente rico.