La Palabra 131

Mientras estoy escribiendo esta reflexión, el mundo esta llorando lo que pasa en Paris. Un infierno. Terrorismo cruel. Donde los inocentes pagan el precio con la muerte. Donde los terroristas desean que llegue el fin del mundo y de la humanidad.

Estamos a punto de llegar al final del año litúrgico. Nos situamos en el capítulo 13 de Marcos, que es conocido como el del “discurso escatológico” o del fin de los tiempos. La cúpula celestial que el creador ha “martillado” con sus propias manos se da un cambio radical. Todo lo que parecía fijo, llega a su fin: el sol y la luna. Cuando estos elementos del cosmos son removidos del escenario, el hombre se siente perdido.

escatologia

Este es el fin de la historia humana: la manifestación del Señorío de Jesús, el que venció
el mal y lleva hasta el culmen su victoria en el sometimiento definitivo de todo lo que se
opone a vida. Sabemos entonces que, en esta historia donde hay tanto dolor y muerte, tantos
absurdos provocados por el mismo hombre, como ha pasado ahora en París, el final no será una catástrofe sino el triunfo dela vida. La comunión de vida con Jesús puede costarle a los discípulos una muerte algunas veces cruenta, pero precisamente esta muerte los lleva la vida eterna con Jesús.

Pero este mundo no es el jardín de paz que todos quisiéramos: hay guerras, hambre,
desempleo, discriminación social, racial y sexual, marginación, abusos de poder, etc. Por
eso ante la realidad presente los discípulos pueden caer en dos tentaciones: el aislamiento
del mundo o la de la desesperación. De ahí que Jesús les proponga:

End
(1) Aprender la lección de la higuera (13,28-29). La imagen de la higuera, que con sus
tiernas hojas que renacen después del crudo invierno, anuncia la llegada del verano, así el
discípulo debe estar seguro de la pronta intervención de Dios y alimentar su esperanza a
partir de los pequeños signos de bondad y de trabajo sincero por la vida.
(2) Confiar firmemente en su Palabra (13,30-31). Los que tienen las riendas del mundo
pronuncian sus palabras y estas determinan el curso de la historia, pero estas palabras son
relativas, no tienen consistencia final ante la Palabra de Dios (“que no pasará”) sobre el
mundo (“que pasará”). La última palabra la tiene Dios en la venida del Hijo del hombre y
esa palabra es la que determina en última instancia la vida del discípulo.