La Palabra 180

Este domingo celebramos el DOMUND: el domingo mundial de las misiones. Estamos llamados a vivir la misión y salir de nuestra tierra para llevar la misericordia de Dios a todo el mundo.

También hoy leemos la parábola del fariseo y el publicano quienes suben al templo a orar. Es la historia de 3 personajes. El último se queda de sorpresa para el final. El pasaje de hoy trata de la actitud correcta que hay que tomar ante Dios, la que se ajusta a “la fe”. Encontramos contradicciones en la vida del fariseo que se presenta justo pero al mismo tiempo desprecia a los demás. De la otra parte el publicano se presenta como pecador frente a los ojos del mundo con muy poca probabilidad de conversión.

2Para la mentalidad bíblica, el Templo de Jerusalén, era considerado como el lugar donde el Dios de Israel moraba de un modo especial; era un signo de la presencia del Dios de la Alianza que habita con su pueblo. El Templo era lugar de oración comunitaria y también personal. En tiempos de Jesús, muchos judíos iban al Templo con motivo de las grandes fiestas y, para los que habitaban más cerca, el lugar preferido para recitar las oraciones sobre todo la de los sábados.

¿Quién era el “fariseo”? Se caracterizaban por una estricta disciplina espiritual que los llevaba a tomar distancia de los otros que no seguían las normas al pie de la letra. Consideraban estar a una buena distancia física y espiritual de los “pecadores” y de todo aquello que pudiera “contaminarlos”. Para cumplir la voluntad de Dios en sus detalles mínimos los fariseos le daban mucha atención a las obras externas. No eran muy apreciados. Pero no hay que generalizar. Algunos fariseos “buenos” eran José de Arimatea, Nicodemo, Gamaliel y el mismo San Pablo.3

La forma de rezar del fariseo: de pie era la forma normal en el mundo hebreo. Lo hace en su interior para concentrarse más. Y al final dice lo que hace y lo que no hace. Llama la atención que el fariseo que se autoconsidera diferente de todo el mundo, al final enfatice: “Ni tampoco como este publicano”. El ayuno y el diezmo son actos externos que no necesariamente prueban las disposiciones íntimas del corazón. Su intención no es tan recta. El fariseo aparece aquí como la típica persona que grita a los cuatro vientos lo que hace, esperando el reconocimiento y la felicitación. Él se considera una persona superior a todos los pecadores y su oración consiste en presentarle a Dios la factura de sus obras, como una especie de orden de cobro de la recompensa. Al fariseo no se le ocurre pensar que es un pobre pecador que tiene necesidad de la misericordia de Dios.

La forma de rezar del publicano: Era una persona despreciable porque trabajaba por el imperio romano. Pero ahora entra en el templo porque siente conversión. Reza “manteniéndose a distancia” y “sin levantar los ojos”. Se mantiene a distancia como un reconocimiento de su indignidad. El siente vergüenza de su vida pasada. El golpea el pecho con un gesto de tristeza pero con la intención de cambiar su corazón. Él se presenta como pecador. A diferencia del fariseo, este orante no trae nada entre sus manos para apoyarse en la relación con Dios. No trae ninguna obra buena, excepto su arrepentimiento. Nos hace recordar en el Salmo 50: “Un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias”.1

Y es aqui en la parábola donde encontramos al tercer personaje quien, además, es el personaje central: Dios mismo. Es a él a quien se le han dirigido las oraciones y es él quien las responde o las rechaza. Jesús interpreta la respuesta del Padre, a quien él conoce como ningún otro, y nos dice que recibirá tanto al fariseo como al publicano: el Padre justificará a quien pide ser justificado y no podrá hacer nada por quien se justifica a sí mismo. La justicia de Dios es para quien se hace digno de ella abriéndose a su misericordia.